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concierto Madrid 2025

El trip hop en ebullición de Chinese Man

By Actualidad, Conciertos, Reseñas

Madrid se transformó en un lienzo de luces, ritmos y samplers que conectan pasado y futuro.

La Riviera se llenó de scratches, bajos profundos y una multitud que bailó sin descanso al ritmo de french touch y trip hop.

Anoche Chinese Man propuso un laboratorio de ritmos, un puente entre Marsella y Madrid, un espacio donde el trip hop, el electro y el hip hop se fusionaron para crear un pulso contagioso. La banda caló como un colectivo con identidad propia, cargado de samplers, scratches y grooves que parecían hablar directamente al corazón del público.

La sala estaba llena, pero no saturada. Suficiente espacio para que los cuerpos sintieran el bajo retumbando en el pecho. Desde el primer tema, los beats se deslizaron como agua sobre la piel, y el público respondió con saltos, movimientos de hombros y brazos levantados como varas que medían el ritmo. Cada transición entre tracks fue una sorpresa; cada scratch, un guiño a la destreza de quienes dominan el vinilo como si fuera magia.

No necesitaron artificios: las proyecciones visuales —collages urbanos, luces psicodélicas, vídeos que parecen películas cortas— hicieron el trabajo de transportar a otra dimensión. Pero fueron ellos quienes tomaron el mando: scratches precisos, percusiones que golpearon como martillos y bajos profundos que hicieron vibrar las tripas. Los temas clásicos se mezclaron con los más recientes, mostrando cómo un colectivo puede evolucionar sin perder su esencia.

El pulso de la ciudad

Cada tema fue un diálogo: lanzaban un ritmo y el público respondía con movimiento, aplausos o gritos. Fue la comunión perfecta entre artista y espectador, un recordatorio de que la música electrónica también puede ser orgánica, humana, compartida. Las luces estroboscópicas y los cambios de tempo funcionaron como latidos de un corazón colectivo.

Entre beat y beat, se percibió Madrid en la noche: la ciudad que nunca se detiene, que busca sonidos nuevos, que se deja seducir por texturas urbanas y viajes musicales sin fronteras. Chinese Man no vino a rellenar un hueco; vino a provocar una experiencia sensorial que perdura incluso después de que se apagan las luces.

Fermín Muguruza arrasa en el corazón de la bestia

By Actualidad, Conciertos

Madrid respiró a golpe de tambor y trikitixa, una ciudad que no se sienta y que se resiste a olvidar.

El Wizink Center se convirtió en un aquelarre antifascistas donde la música y la rabia se encontraron.

Desde los primeros acordes se sintió la tensión: no era un concierto amable, no era una mera celebración. Era una batalla. El telón levantado por el colectivo madrileño Tremenda Jauría lo dejó claro: punk‑cumbia, rap, reguetón combativo y máscaras de gas como insignias. Más de trece mil almas alzadas ya sabían a qué venían.

El escenario / el campo de batalla

Muguruza no dejó resquicio para la deriva nostálgica. Repasó sus etapas —desde Kortatu, pasando por Negu Gorriak hasta su obra en solitario— con la convicción de quien sabe que la historia sigue viva y que su canto puede alimentar la resistencia. Las proyecciones en pantallas gigantes, las banderas de Palestina, los gritos de “Yalah, Yalah, Ramallah” y la mención al antifascismo en cada estribillo: todo engranaba para convertir el WiZink en un templo de insumisión.

Fermin Muguruza durante su actuación / ©Un Día, Un Disco.

Un público que no escapa

No hubo espectadores, hubo ejecutores. Cada tema se convirtió en acto: levantar el puño, saltar, cantar, solidarizar. El solo de trikitixa de Xabi Solano arrancó aplausos atronadores. El dúo con Karlos Animal (Non Servium) en «Etxerat, Zu atrapatu arte» fue un pacto histórico renovado. Y la frase de Muguruza resonó fuerte: «hay que seguir bailando, porque bailar sea la forma más gozosa de resistencia».

Crítica al sistema desde el centro urbano

Pero también hubo denuncia directa: la vivienda como mercancía, los recortes, la censura, la ultraderecha pisando fuerte. En Madrid, ciudad donde Muguruza ha visto vetos y silencios, esta noche se hizo oír fuerte. Que un recinto con tantas butacas vibre como asamblea es una hazaña. Que esa asamblea hable de política, de memoria colectiva, es un acto de rebeldía. Y Muguruza lo orquestó sin concesiones.

Pantallas gigantes del concierto / ©Un Día, Un Disco.

Cierre con broche combativo

La versión de «Sarri, Sarri», con la aparición de Itziar Ituño, fue más que un momento simbólico: fue un disparo directo al silencio. Cuando el último acorde se extinguió, el público seguía temblando, exhausto, henchido. Como si la música hubiera sido la chispa, y el recinto la pólvora.

Este concierto no fue solo un espectáculo, sino una declaración de guerra cultural y política. En tiempos en que muchos artistas optan por la fórmula neutra o comercial, Muguruza apostó por la espina clavada, por la herida abierta, por la rabia que hace cantar. Y Madrid respondió. El WiZink no fue sólo un escenario: fue un frente. Y el concierto, un grito compartido. Madrid salió del Wizink con los puños alzados, la garganta raspada y el corazón encendido. Porque la música de Fermín Muguruza no pide permiso: exige compromiso.