Un concierto de precisión quirúrgica con escala en Anatolia, regreso al Transiberiano y estancia en Namibia.

Mattia Vlad Morleo en la Sala Changó / ©Un Día, Un Disco.
El concierto abrió con la actuación del compositor italiano Mattia Vlad Morleo, que presentaba su segundo trabajo, ‘The Quiet Beauty of Familiar Places’, un disco de corteclaramente ambient, íntimo y construido desde la respiración lenta más que desde el impacto inmediato. Fue una apuesta valiente para un warm-up en una sala que aún se estaba llenando, y en la que el público, más pendiente de ubicarse que de escuchar, no siempre ofreció la atención que su propuesta requería. Aun así, Morleo firmó un set de apertura impecable, delicado y preciso, capaz de crear un clima propio incluso en condiciones poco propicias. Su breve concierto funcionó como antesala pausada y elegante antes de la inmersión total.
La sala Changó acogió el esperado regreso a Madrid de Thylacine (William Rezé), uno de los productores europeos que mejor ha sabido unir electrónica, instrumentación orgánica y narrativa de viaje. Lejos del formato DJ-set habitual en los clubes, lo suyo es un concierto en sentido estricto. Construcción, dinámica, interpretación y un guion sonoro tan milimetrado como flexible.
Rezé desplegó un repertorio centrado en Roads Vol. 3, pero con paradas estructurales en su ya clásico Transsiberian (2015), ese álbum nacido en un trayecto real en el ferrocarril ruso y que le situó en la primera línea de la electrónica paisajista. En frente de él, un pianista que no actuó como mero acompañante, sino como segundo protagonista, capaz de aportar color, armonía y contrapuntos que reforzaron la dimensión escénica del directo.
“Anatolia” y el bağlama que cuenta una historia
Uno de los pasajes más significativos de la noche llegó con la interpretación de ‘Anatolia‘, pieza incluida en el álbum ‘9 pieces‘. Thylacine aprovechó para explicar la procedencia del instrumento turco que tenía en las manos, un saz (o bağlama), aprendido gracias a la familia de su ex pareja, cuyo padre era maestro y profesor del instrumento. El dato no fue accesorio, la historia añadió profundidad a una obra que siempre se ha alimentado de viajes, pero no de turismo musical. Al tocar el saz, Rezé mostró un conocimiento respetuoso del instrumento. Fraseos claros, afinación cuidada y un uso prudente del efecto electrónico. La fusión entre la cuerda oriental y el beat produjo uno de los momentos de mayor disfrute y concentración en la sala.
Del frío del Transiberiano al pulso cálido de “Roads vol 3”

Thylacine en su concierto de Madrid / ©Un Día, Un Disco.
Lejos de limitarse a su trabajo más reciente, Thylacine abrió espacio para releer “Transsiberian” con una madurez nueva. Temas como “Poly” o “Train” se reconocían por el patrón rítmico y por los pads dilatados que evocan ese viaje ferroviario que marcó su trayectoria. La revisión en directo fue más robusta, más física y menos contemplativa que en la grabación original.
El bloque de Roads Vol. 3 confirmó la evolución del productor hacia una electrónica más cálida, más detallista y menos dependiente del crescendo. Aquí la presencia del pianista resultó decisiva, cada ataque del teclado reforzaba la arquitectura armónica, aportando un matiz casi camerístico en ciertos pasajes.
Rezé supo alternar durante el concierto entre saxo tenor y barítono con solvencia. Con ese protagonismo en el sonido y en la ejecución, integró ambos instrumentos con una claridad casi académica, ataques muy controlados y timbres limpios que evitaba saturar las capas electrónicas. El barítono sirvió para las líneas más melódicas y graves. Mientras que el tenor ofreció esos pasajes de mayor densidad.
El uso del saxo durante el directo demostró una intención clara, recordar que la música de Thylacine es electrónica, sí, pero no deshumanizada. Cada entrada de viento reforzaba el contraste entre lo digital y lo orgánico, uno de los pilares de su lenguaje sonoro.
Un concierto de oficio y consistencia
En lo estrictamente técnico, el directo fue impecable. Sonido equilibrado, especialmente meritorio para una sala con acostumbrada a graves potentes. Ejecución precisa y estructura narrativa bien definida: apertura ambiental, bloque central rítmico, episodio acústico, repaso a su discografía y cierre ascendente sin recurrir al efectismo. El público respondió, más cerca de la escucha activa que del baile compulsivo. Thylacine ofreció exactamente lo que prometía su trayectoria, un concierto sin artificios, basado en el cuidado por el detalle y en un concepto de la electrónica como espacio de relato, no solo de pulsión.
Ayer se confirmó en Madrid lo que ya intuíamos, que su obra se sostiene más allá del estudio, que el viaje sigue siendo su materia prima y que la combinación de electrónica, instrumentación acústica y narrativa personal puede seguir evolucionando sin perder rigor. Un concierto sólido, honesto y bien construido. Un claro ejemplo de cómo la electrónica en directo puede aspirar a algo más que al estímulo inmediato.