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crónica musical

Mango Wood: el calor de Kingston en una noche de enero

By Actualidad, Conciertos

Cuando el reggae madrileño se enciende como una hoguera colectiva.

El termómetro en la calle marcaba frío, pero el aire de la sala ardía

Mientras el centro de Madrid se replegaba bajo bufandas, en la calle Galileo se respiraba otra humedad: la del Caribe. Dentro de The Bassmnt, el sótano olía a madera, a cerveza y a nostalgia tropical. Los de Mango Wood subieron al escenario con ese aplomo de quien no viene a imitar, sino a recordar que el reggae también tiene derecho de ciudadanía en Lavapiés, en Malasaña o en cualquier esquina de Chamberí.

La memoria se baila, no se guarda

El concierto comenzó y desde el primer acorde, el público entendió que aquello no iba de revivalismo, sino de reencarnación sonora. Las voces —afinadas, cálidas, casi doo-wop— se entrelazaban sobre una base de bajo y batería que sonaba como un corazón en cámara lenta.

El rocksteady, en manos de Mango Wood, no es arqueología: es resistencia rítmica. Una manera de decir “seguimos aquí”, con el pulso tranquilo de quien no tiene prisa porque sabe que el tiempo, en Jamaica o en Madrid, se mide distinto cuando hay groove.

Madrid también sabe sudar despacio

Entre canción y canción, se colaban sonrisas, saludos, coros espontáneos. “Down in Mexico” sonó como un viaje en tren de cercanías que, de repente, se desvía hacia el Caribe. En “Never Can Tell”, el suelo tembló. No porque nadie saltara, sino porque la vibración colectiva se volvió palpable.

No hay artificio en Mango Wood: solo músicos tocando a pulmón, sin loops ni trampas, sin necesidad de disimular el sudor. Suena clásico, sí, pero con la precisión de una máquina recién aceitada y el alma de una jam improvisada en el salón de casa.

El sonido de ahora, con la textura de siempre

El público, un mosaico de rastas, trencitas, camisas estampadas y chaquetas de pana, respondía con un respeto que se parece mucho al amor. En una época donde los conciertos son a menudo ruido y selfies, ver a tantas personas balanceándose al mismo compás —con los ojos cerrados y los hombros en trance— es casi un acto político.

El reggae, ese género tantas veces reducido a postal, se volvió verbo. Mango Wood demostró que se puede tocar mirando hacia atrás sin dejar de empujar hacia adelante. Que el pasado no pesa si se toca con el cuerpo entero.

Un cierre como un amanecer

Cerraron con “Mash It Down” y una versión instrumental que se disolvió en una jam lenta, casi hipnótica. Las luces se encendieron poco a poco, pero nadie quiso irse. Afuera, Madrid volvía a su invierno. Dentro, aún quedaba un eco cálido flotando en las paredes: una especie de resaca emocional de las que no duelen.

Mango Wood no solo dio un concierto. Plantó un árbol de mango en pleno asfalto. Y esa fruta, madura, jugosa y rara, sabe al futuro que queremos escuchar.

The New Raemon y McEnroe traen a Madrid su bosque interior

By Actualidad, Conciertos

La Sala But se convierte en un refugio de calma y belleza con su nuevo disco conjunto, ‘Nuevos bosques’.

Cuando la tristeza se convierte en abrigo

The New Raemon / ©Un Día, Un Disco

 

Hay conciertos que no se viven: se habitan. El de este jueves 23 de enero en la Sala But fue uno de ellos. Durante todo el recorrido musical, The New Raemon y McEnroe construyeron un refugio en mitad del ruido madrileño. Afuera, el tráfico y los móviles; dentro, un bosque. Uno donde los árboles son guitarras y la savia, letras que gotean lento.

Ramón Rodríguez y Ricardo Lezón salieron sin artificio, sin aspavientos. Dos tipos normales, dos leñadores del alma que vinieron a enseñarnos cómo suena el silencio cuando se afina. Y la But, que suele ser territorio de pogo y cerveza derramada, se transformó en un claro. Allí, el público escuchó con la misma devoción con la que se mira una hoguera.

La alianza del sosiego

El repertorio giró en torno a ‘Nuevos bosques’, su último trabajo conjunto, publicado en 2024. Un disco que continúa la senda de Lluvia y truenos pero con un tono más depurado, más hondo. En directo, las canciones respiran distinto: “La última piedra”, “Agua clara” o “El verano del incendio” suenan como confesiones a media voz entre dos amigos que ya no necesitan fingir nada.

Las voces de Ramón y Ricardo se entrelazan como raíces que no compiten por la luz. Uno aporta la ironía tierna, el otro la gravedad dulce. Entre los dos construyen un paisaje emocional donde el desamor no duele tanto y la nostalgia no pesa: se convierte en materia fértil.

Una comunión sin estridencias

El público respondió con una calidez poco habitual. No hubo gritos ni coros desafinados: hubo silencio atento, respiraciones contenidas, sonrisas pequeñas. Cada canción terminaba con un aplauso que sonaba más a agradecimiento que a celebración. Como si todos supieran que aquello era algo frágil, que si se hablaba demasiado alto podía romperse.

Hubo también espacio para temas de sus proyectos individuales que tejieron puentes con el pasado. Pero el pulso del concierto estuvo siempre en ese nuevo bosque, en ese intento de reconciliarse con la tristeza sin esconderla.

Luz entre los árboles

Cuando sonó “Nuevos bosques”, el tema que da nombre al disco, el público ya estaba dentro del hechizo. Las luces proyectaban sombras que parecían hojas moviéndose, y el escenario se volvió selva interior. No había grandes efectos, solo una banda tocando con la calma de quien sabe que lo importante no es impresionar, sino conmover.

Algo había cambiado. En las miradas de la gente había ese brillo leve que deja lo bello cuando no lo esperas. Quizá ese sea el poder de The New Raemon y McEnroe: recordarnos que la emoción no es un espectáculo, sino un hogar.