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Jon Hopkins

El sonido nómada: grabar sin fronteras ni estudios fijos

By Actualidad, Tendencias, Últimas noticias

De Thylacine a Ela Minus, una generación de artistas recorre el mundo grabando fuera del estudio, entre desiertos, montañas o habitaciones de paso.

La electrónica contemporánea se mueve: cada vez más creadores entienden el viaje como método, el paisaje como instrumento y el desplazamiento como forma de libertad.

En una era en la que la música se produce desde un portátil y se publica con un clic, algunos artistas están haciendo justo lo contrario: desenchufarse del Wi-Fi y reconectar con el mundo físico. Llevan sus estudios a la carretera, graban en plena naturaleza o convierten sus trayectos en narrativas sonoras. La música vuelve a tener polvo, viento y accidentes.

Entre ellos, el francés Thylacine es quizá el referente más visible. En su serie ROADS, compone y graba mientras viaja. Primero atravesó el Transiberiano, después, Islandia y Argentina, y ahora, el desierto de Namibia en ROADS Vol.3. Su caravana se transforma en estudio y refugio, su música en diario de viaje. Pero no está solo. Cada vez más nombres, especialmente dentro de la electrónica experimental y el pop atmosférico, están siguiendo el mismo camino.

Ellas también viajan: sonido, cuerpo y territorio

La colombiana Ela Minus, por ejemplo, grabó su debut Acts of Rebellion entre Bogotá y Nueva York, componiendo durante sus desplazamientos en metro o autobús, armando su sintetizador modular como quien monta un altar nómada. La productora británica Kelly Lee Owens se inspira en sus viajes para construir un techno espiritual, donde cada track parece un ritual de paso. Y la islandesa Björk, pionera absoluta, grabó buena parte de Utopia con micrófonos portátiles en espacios abiertos, escuchando cómo la naturaleza intervenía en cada nota.

Más recientemente, Céline Gillain o Cucina Povera han convertido la grabación de campo (el simple hecho de escuchar y registrar el entorno) en una herramienta narrativa: grabar el mar, el tráfico, la respiración, los ecos. Son artistas que no conciben el estudio como encierro, sino como extensión del mundo.

Ellos también escuchan la intemperie

En el terreno masculino, el alemán Christian Löffler compone desde una cabaña junto al mar Báltico, donde los ruidos del bosque entran por la ventana y se cuelan en sus melodías melancólicas. El francés Rone se aisló en un monasterio para grabar Room with a View, un álbum entre la espiritualidad y la tecnología. El británico Jon Hopkins, por su parte, ha mezclado grabaciones de naturaleza con piano y sintetizadores analógicos en Music for Psychedelic Therapy, una obra que literalmente se escucha como una caminata interior.

Todos ellos, junto a Thylacine, comparten algo. La voluntad de devolverle a la electrónica un alma orgánica, imperfecta, llena de accidentes y hallazgos.

Del club al paisaje: una nueva sensibilidad electrónica

Lo que une a esta generación es un desplazamiento no solo físico, sino conceptual. La música electrónica deja de ser un producto urbano para convertirse en una experiencia de conexión y desplazamiento. Ya no se trata de hacer bailar, sino de hacer viajar.

El paisaje se convierte en partitura. Las carreteras, en estructuras rítmicas. Los sonidos del entorno —pájaros, motores, agua, viento— dejan de ser ruido para transformarse en instrumentos. Y el estudio móvil, la caravana o el portátil en un tren se convierten en símbolo de una nueva forma de vivir y de crear: nómada, libre y emocional.

Una electrónica que vuelve a mirar al mundo

En un mundo hiperconectado, la música vuelve a buscar contacto con lo real, con el cuerpo y el territorio. Thylacine lo graba con sus ruedas, Ela Minus con su piel, Hopkins con su respiración. Todos ellos nos recuerdan que la electrónica no nació para desconectarnos del mundo, sino para escucharlo mejor.

Cuando la orquesta encuentra al sintetizador: la nueva era de hibridación electrónica-sinfónica

By Actualidad, Últimas noticias

El lanzamiento de Berghain, la nueva canción de Rosalía, vuelve a poner sobre la mesa la relación entre lo clásico y lo digital.

Pero esta conversación no es nueva: artistas como Thylacine, Rone o Floating Points llevan años componiendo desde ese punto de fricción entre la emoción orquestal y la precisión electrónica.

Rosalía y el espejismo de la “vanguardia”

Rosalía ha vuelto a hacerlo: romper el algoritmo con una canción que nadie vio venir. Su nuevo tema, Berghain, toma el nombre del legendario club berlinés y mezcla un coro clásico con bases electrónicas minimalistas. La artista catalana explora así un espacio sonoro que intenta reconciliar la liturgia con el beat, el templo con la pista.

Pero más allá del impacto mediático, Berghain abre una conversación más interesante: ¿Realmente estamos ante un gesto vanguardista o ante un movimiento que ya viene gestándose en la música contemporánea desde hace años?

Thylacine: uno de los pioneros silenciosos de la orquesta electrónica

Mientras el mainstream descubre la épica de mezclar cuerdas con sintetizadores, Thylacine lleva años perfeccionando ese lenguaje.
El productor francés, que presentó hace unos días su disco ROADS Vol. 3 y actuará en Madrid el 28 de noviembre, firmó en 2022 uno de los experimentos más elegantes de la electrónica sinfónica reciente: Thylacine & 74 Musicians, grabado con la Orquesta Nacional de los Países del Loira. En ese trabajo, las cuerdas no acompañaban: respiraban. El artista reescribió su repertorio junto a setenta y cuatro músicos clásicos, fusionando los crescendos orquestales con sintetizadores analógicos, vientos, percusiones y pads atmosféricos. El resultado no era una superposición, sino una integración real: la orquesta como cuerpo y el beat como alma.

No es nuevo, pero sí necesario

Antes de Thylacine, otros ya habían trazado ese mismo puente. El británico Jon Hopkins incorporó arreglos orquestales en Immunity y Singularity, donde los violines y los arpegios electrónicos dialogaban como dos hemisferios cerebrales.


Floating Points, junto a Pharaoh Sanders y la London Symphony Orchestra, firmó Promises (2021), una obra maestra del minimalismo espiritual. Nils Frahm y Ólafur Arnalds llevan una década desdibujando los límites entre partitura y sintetizador, cámara y laptop.

Y en el terreno femenino, la islandesa Hildur Guðnadóttir, ganadora del Óscar por Joker, ha demostrado que la orquesta y la electrónica no son opuestos, sino extensiones naturales de una misma emoción.

En ese contexto, Berghain llega más como un eco que como una revolución. Su mérito está en llevar esa conversación al gran público, aunque sus raíces sean profundas y anteriores.

Entre el beat y el barroco

Lo interesante de este diálogo entre electrónica y orquesta es que no busca “elevar” un género con otro, sino recordar que la emoción es transversal. El violín y el sintetizador no se enfrentan: se abrazan. Lo que cambia no son los instrumentos, sino el contexto, el relato, la mirada.

Thylacine lo entiende como pocos: para él, una nota de saxo puede pesar tanto como un drone ambiental, y un crescendo de cuerdas puede convivir con un beat de 120 BPM sin perder autenticidad. Su música no pretende sofisticar la electrónica, sino humanizarla.

La nueva sensibilidad híbrida

Que Rosalía publique Berghain y Thylacine estrene ROADS Vol. 3 casi al mismo tiempo no es casualidad: responde a un momento cultural donde los géneros se mezclan sin pedir permiso. La diferencia está en la dirección del viaje: mientras unos llegan desde el pop hacia lo experimental, otros lo hacen desde la experimentación hacia el público. Y ambos caminos son válidos.

Desde Un Día, Un Disco celebramos esa porosidad, aunque también reivindicamos la memoria. Porque detrás de cada “nuevo sonido” hay una historia, un trabajo y una búsqueda que comenzó mucho antes del trending topic. Y porque, al final, lo importante no es quién lo hace primero, sino toda las novedades musicales que podemos disponer.