Un viaje anfibio entre galaxias cumbieras y rugidos eléctricos, donde el baile fue también una forma de gravedad.
La banda jienense presentó su directo más explosivo este jueves 13 de noviembre en la sala Moby Dick, con “Cumbiando el espacio” como ignición y un cierre coral que hizo temblar hasta las vigas.
La Moby Dick no parecía una sala, sirvió como vehículo de exploración lanzado sin permiso al espacio profundo. Desde el primer golpe de percusión, cuando “Cumbiando el espacio” encendió la cabina, quedó claro que Los Mejillones Tigre no venían a dar un concierto, sino a empujar al público a través de una grieta cósmica donde la cumbia, el garage, el boogaloo y la psicodelia dejan de ser géneros para convertirse en partículas en choque continuo.
El sexteto entró con todo lo que los caracteriza, esa ironía luminosa, ese músculo rítmico que no se permite el descanso, esa forma de mezclar colores que ningún mapa musical termina de cartografiar. Además, esta noche contaban con una sustitución de primera en la guitarra que rugía con mucho groove en las nuevas manos de Sebas.
Un repertorio que no bajó pulsaciones

Los Mejillones Tigre en Moby Dick / ©Un Día, Un Disco.
Cuando llegó “Meteorito”, el aire vibró como si la sala fuese un radar intentando procesar un objeto desconocido. El público, compacto, se movía en oleadas que parecían tener vida propia, como si el beat de la banda fuese un campo magnético invisible que tiraba de todos hacia adelante. En “La Avioneta”, la banda afiló su vena más ácida e irónica con guitarras que parecían hélices al borde del desprendimiento y una base rítmica que sostenía la sensación de ir a velocidad de crucero… pero con ganas de seguir acelerando.
“El Diablo” añadió ese punto de desorden controlado que los Mejillones manejan como quien juega con fuego sin quemarse. No fue nada infernal —no lo necesitan— fue un tema que subió la densidad del ambiente, que hizo que los cuerpos en la sala se pegaran un poco más al suelo, como si la gravedad aumentase al compás del bajo. Cuando sonó “La Cumbia es el nuevo punk”, todo adquirió sentido. No hizo falta explicarlo ni gritarlo: estaba en la actitud de la banda, en ese pulso de fiesta que nunca es superficial, en la manera de convertir lo tropical en un arma rítmica que no pide permiso. Si el punk fue una puerta, aquí la derriban bailando. Toda una declaración de principios sin manifiesto.
La última ola: el público, un coro anfibio
Y entonces llegó “Mejillón Tigre”. Lo que sucedió ahí no fue un bis ni un cierre, fue una coreografía espontánea en la que la sala entera se convirtió en un solo organismo. Los coros no los lideró la banda, los lideró el público entregado, como si la canción hubiera aprendido a caminar sola y hubiese vuelto a casa para celebrarlo. La Moby Dick, por unos minutos, fue un mejillón gigantesco rugiendo en estéreo.
Los Mejillones Tigre confirmaron en Moby Dick con esta presentación de su último disco («Me gustó más el libro») lo que ya se intuía desde sus discos: que lo suyo no es estilismo ni revival, sino pura invención. Un laboratorio que mezcla tradición tropical, desenfado eléctrico y una presencia escénica que se desborda sin caer nunca en lo obvio. Una noche, sin tópicos, imposible de replicar en otro lugar.

Momento del concierto de Los Mejillones Tigre / ©Un Día, Un Disco.