El grupo londinense desplegó su electrónica orgánica en un viaje hipnótico donde lo analógico y lo digital se reconciliaron bajo la penumbra de Madrid.
Montesco abrió la noche con esa conjunción de instrumentos orgánicos y bases indies electrónicas capaces de abrir el terreno para una de las actuaciones más sugerentes de este otoño.

Montesco durante su actuación en La Paqui / ©Un Día, Un Disco.
Hay conciertos que no se viven: se atraviesan. El de Kerala Dust en La Paqui, anoche en Madrid con sold out, fue uno de ellos. Un trayecto de neón y penumbra donde la electrónica dejó de ser maquinaria para convertirse en paisaje. Teloneados por el grupo catalán Montesco, que abrieron la velada con una propuesta de indie-pop sombrío y crescendos industriales, el cuarteto británico transformó la sala en una carretera interior, cercana a la ensoñación y a la pista de baile.
El pulso del viaje
Kerala Dust arrancó con “Echoes of Grace”, tema que abre su último disco, ‘An Echo of Love’. Bastaron unos segundos para que la voz grave de Edmund Kenny y las texturas sintéticas se fundieran en un trance melancólico, como si el eco del amor del título reverberara también entre el público. La Paqui, medio a oscuras, comenzó a moverse en un mismo compás: guitarras procesadas que respiraban, bajos líquidos y una percusión que más que marcar, sugería el tiempo.

Edmund Kenny entregado al público / ©Un Día, Un disco.
A mitad de set llegó “Violet Drive”, la carretera que da nombre a su anterior trabajo, reinterpretada con nuevos matices. Sonó más densa, más física, como si el grupo hubiera encontrado en el directo un territorio propio entre la improvisación del jazz y la precisión del club. El viaje fue ascendente: cada tema un desvío, cada ritmo una curva que invitaba a no mirar el reloj.
La elección cuidadosa de un setlist donde sonaron dieciocho canciones («Fever», «Eden to Eden», «Maria», «The Bay»), permitió instantes en los que el público se dejó llevar sin pensarlo, y otros en que se mantuvo expectante, casi escuchando cómo se deformaban los acordes antes de recomponerse. Un ejercicio de puesta en escena que recuerda más a una sesión de late-night que al típico concierto de rock de grandes gestos.
Del ruido blanco a la comunión
El cierre con “White Noise” fue puro desahogo. Kerala Dust la estiró hasta convertirla en un mantra colectivo, un latido que hizo vibrar el techo de la sala. Hubo algo ritual en ese momento: con el público ya en el bolsillo, absorbido por un sonido que parecía avanzar por debajo del suelo. La banda no buscó el clímax fácil ni el artificio luminoso, sino esa otra forma de intensidad que surge cuando lo humano y lo electrónico se confunden. Ayer se demostró que la apuesta por la fusión, cruda, psicodélica y de beats de club, funciona en directo, y más en un espacio como la sala de ayer donde cada golpe de bombo retumba en la caja torácica.
Al salir, Madrid parecía menos ruidosa. An Echo of Love habla de los ecos que deja el deseo, de los rastros que permanecen cuando el movimiento cesa. Anoche, Kerala Dust hizo que ese eco se quedara flotando en la ciudad.

Kerala Dust finalizando el concierto en La Paqui / ©Un Día, Un Disco.