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La tierra bailó al revés, el rugido de las diosas gallegas retumbó en Madrid

By Actualidad, Conciertos

Rito electrónico y pandereta en mano: la noche que la acrópolis fue una pista.

El dúo gallego convirtió tradición, mitología y beat electrónico en placer colectivo.

La sala ‘La Paqui’ (antigua sala But) se inundó de humo frío y luces violetas. En las primeras filas la gente ya andaba ansiosa por el inicio del concierto, anticipando la chispa que prendería. Porque lo que vino no fue un concierto al uso: fue una ceremonia, fue una fulgurante comunión entre lo ancestral y lo digital.

Los bloques, las ménades, la fiesta

Las gallegas Fillas de Cassandra —Sara Faro y María SOA— ocuparon el escenario sobre dos bloques imponentes, recortadas contra focos que parecían proyectar sombras rituales. A su lado, Tania Caamaño y Marina Vidal completaban la formación, convirtiendo la plataforma en un altar pagano de pulsaciones electrónicas, bombo y pandereta.

Desde el arranque con “Amencerse” y “Decruarse”, el tono estaba fijado: no sólo escuchar, sino entregarse. Las voces crecían en coro, las texturas se plegaban al ritmo de las manos que se alzaban. Y algo cambió cuando entonaron “Cassandra”: la letra mutó, el nombre resonó como mantra: «Esta é Cassandra».

Tradición viva y modernidad sin filtro

Era gallego, sí — pero también un latido universal. En un momento, sonó una muiñeira renovada (“As Moiras”), en otro, un salto de ska-electrónica con “Lisístrata (Varre Vasoira)”. En ambas, la sala vibró como si de un pazo se tratara, pese a hallarnos en pleno Madrid. Algunos botaron; otros cerraron los ojos y se dejaron llevar.

Lo más notable: en una letra, narraron la historia de Rosa —un feminicidio— con panderos cuadrados y voz grave, y la sala se hizo silencio, respetuoso, como catedral. Y luego volvieron los gritos con las canciones: ¡PUNHETA!, ¡ECO!, ¡Pandora! La tensión se liberó.

De Galicia a Madrid sin cortar raíces

La sala llena hasta alcanzar el sold out con visitantes que coreaban sin comprender todo. Y eso, paradójicamente, era la victoria: que la lengua no fuera barrera sino acto de unión. “Non hai fronteiras”. Fue un ritual colectivo. La respuesta fue la emoción sobre el escenario y la despedida como si se cerrara un círculo. Y quizá, lo cerraron: “Últimas Dionisíacas” se llama la gira, y la sensación fue de haber asistido al cierre de algo, para abrir otro.

¿Y qué queda tras apagarse las luces?

Una sala vacía pero vibrante, y un puñado de personas con los pies aún reverberando. La propuesta de Fillas de Cassandra se consolida: no es simplemente folclore reinventado ni electrónica superpuesta; es rito, es memoria, es futuro. Y en Madrid lo demostraron. En la “Acrópole” que levantaron, ahora se respira aire nuevo.

Para quienes estuvimos allí, no fue un concierto más: fue un “hoxe imos plantas os pés, hoxe imos marcar camiño”. Y salió a pedir de boca.