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El nuevo folk que nace del norte

By Actualidad, Tendencias

De Asturias a Galicia, una generación de artistas que reinterpreta las raíces desde la modernidad.

Alberto & García, Fillas de Cassandra, Rodrigo Cuevas o Caamaño & Ameixeiras encarnan una nueva identidad sonora entre la tradición, el feminismo y la electrónica.

Hay algo en el norte que suena distinto. No es solo el acento ni el eco del mar, sino una forma de entender la música como raíz y refugio. En los últimos años, desde Asturias a Galicia, ha germinado una escena que ha devuelto al folk su poder político, su ternura telúrica y su fuerza colectiva.

Ya no se trata de rescatar el pasado, sino de revisarlo desde el presente, con ojos nuevos y voces diversas. El folclore deja de ser un museo y se convierte en una herramienta de expresión contemporánea: cuerpo, deseo, memoria y territorio vibran al mismo ritmo.

La raíz como vanguardia

Durante mucho tiempo, el folclore fue tratado como un souvenir, algo bonito, pero muerto. Esta nueva generación lo ha resucitado con un lenguaje propio. Desde la ironía escénica de Rodrigo Cuevas hasta el preciosismo electrónico de Baiuca, pasando por la delicadeza pop de Alberto & García, lo que une a todos es la convicción de que el pasado puede sonar a futuro.

Y en el corazón de esta transformación hay muchas mujeres. Fillas de Cassandra, con su fuerza ritual y su mezcla de canto coral, bases electrónicas y mitología gallega, han convertido el escenario en un espacio político. Caamaño & Ameixeiras recuperan la música tradicional desde la emoción acústica y la complicidad entre instrumentistas. Tanxugueiras abrieron camino con un folk sin complejos, directo al cuerpo y a la pista.

Estos artistas no versionan el folclore, lo reescriben con su propio pulso.

El folk como identidad y resistencia

En un panorama dominado por la homogeneidad del pop digital, el folk del norte suena a resistencia cultural. Reivindica lo local, el idioma, el acento, la memoria colectiva. Pero también una nueva sensibilidad política comunitaria.

Alberto & García, desde su Barro, lo entienden bien: no se trata de limpiar la tradición, sino de ensuciarla, de tocarla con las manos. En eso coinciden con Fillas de Cassandra o Caamaño & Ameixeiras: el barro no es decadencia, es materia viva.

Cada acorde, cada percusión manual, cada voz que se eleva sin autotune es una forma de decir “aquí estamos”.

Del escenario al ritual

Esta nueva escena ha convertido el directo en una experiencia colectiva. En salas, en plazas de pueblos o en festivales de pequeño y grande formato, el folk se vive como un ritual compartido. La música se mezcla con la emoción y la política con la danza.

El público canta en gallego, asturiano o castellano sin que importe el idioma. Lo que importa es la energía que se genera, la comunión. La raíz ya no separa, conecta.

Una escena con futuro y con voz femenina

La revitalización del folk del norte no es una moda, es un movimiento cultural de fondo. Un cambio de paradigma donde las mujeres, los cuerpos disidentes y las periferias han tomado la palabra. En ese contexto, la nueva escena puede leerse como un puente entre mundos: entre lo masculino y lo femenino, lo popular y lo pop, la memoria y la modernidad. El folk, por fin, vuelve a estar vivo. Y, sobre todo, vuelve a tener voz propia.

La tierra bailó al revés, el rugido de las diosas gallegas retumbó en Madrid

By Actualidad, Conciertos

Rito electrónico y pandereta en mano: la noche que la acrópolis fue una pista.

El dúo gallego convirtió tradición, mitología y beat electrónico en placer colectivo.

La sala ‘La Paqui’ (antigua sala But) se inundó de humo frío y luces violetas. En las primeras filas la gente ya andaba ansiosa por el inicio del concierto, anticipando la chispa que prendería. Porque lo que vino no fue un concierto al uso: fue una ceremonia, fue una fulgurante comunión entre lo ancestral y lo digital.

Los bloques, las ménades, la fiesta

Las gallegas Fillas de Cassandra —Sara Faro y María SOA— ocuparon el escenario sobre dos bloques imponentes, recortadas contra focos que parecían proyectar sombras rituales. A su lado, Tania Caamaño y Marina Vidal completaban la formación, convirtiendo la plataforma en un altar pagano de pulsaciones electrónicas, bombo y pandereta.

Desde el arranque con “Amencerse” y “Decruarse”, el tono estaba fijado: no sólo escuchar, sino entregarse. Las voces crecían en coro, las texturas se plegaban al ritmo de las manos que se alzaban. Y algo cambió cuando entonaron “Cassandra”: la letra mutó, el nombre resonó como mantra: «Esta é Cassandra».

Tradición viva y modernidad sin filtro

Era gallego, sí — pero también un latido universal. En un momento, sonó una muiñeira renovada (“As Moiras”), en otro, un salto de ska-electrónica con “Lisístrata (Varre Vasoira)”. En ambas, la sala vibró como si de un pazo se tratara, pese a hallarnos en pleno Madrid. Algunos botaron; otros cerraron los ojos y se dejaron llevar.

Lo más notable: en una letra, narraron la historia de Rosa —un feminicidio— con panderos cuadrados y voz grave, y la sala se hizo silencio, respetuoso, como catedral. Y luego volvieron los gritos con las canciones: ¡PUNHETA!, ¡ECO!, ¡Pandora! La tensión se liberó.

De Galicia a Madrid sin cortar raíces

La sala llena hasta alcanzar el sold out con visitantes que coreaban sin comprender todo. Y eso, paradójicamente, era la victoria: que la lengua no fuera barrera sino acto de unión. “Non hai fronteiras”. Fue un ritual colectivo. La respuesta fue la emoción sobre el escenario y la despedida como si se cerrara un círculo. Y quizá, lo cerraron: “Últimas Dionisíacas” se llama la gira, y la sensación fue de haber asistido al cierre de algo, para abrir otro.

¿Y qué queda tras apagarse las luces?

Una sala vacía pero vibrante, y un puñado de personas con los pies aún reverberando. La propuesta de Fillas de Cassandra se consolida: no es simplemente folclore reinventado ni electrónica superpuesta; es rito, es memoria, es futuro. Y en Madrid lo demostraron. En la “Acrópole” que levantaron, ahora se respira aire nuevo.

Para quienes estuvimos allí, no fue un concierto más: fue un “hoxe imos plantas os pés, hoxe imos marcar camiño”. Y salió a pedir de boca.