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El sonido nómada: grabar sin fronteras ni estudios fijos

By Actualidad, Tendencias, Últimas noticias

De Thylacine a Ela Minus, una generación de artistas recorre el mundo grabando fuera del estudio, entre desiertos, montañas o habitaciones de paso.

La electrónica contemporánea se mueve: cada vez más creadores entienden el viaje como método, el paisaje como instrumento y el desplazamiento como forma de libertad.

En una era en la que la música se produce desde un portátil y se publica con un clic, algunos artistas están haciendo justo lo contrario: desenchufarse del Wi-Fi y reconectar con el mundo físico. Llevan sus estudios a la carretera, graban en plena naturaleza o convierten sus trayectos en narrativas sonoras. La música vuelve a tener polvo, viento y accidentes.

Entre ellos, el francés Thylacine es quizá el referente más visible. En su serie ROADS, compone y graba mientras viaja. Primero atravesó el Transiberiano, después, Islandia y Argentina, y ahora, el desierto de Namibia en ROADS Vol.3. Su caravana se transforma en estudio y refugio, su música en diario de viaje. Pero no está solo. Cada vez más nombres, especialmente dentro de la electrónica experimental y el pop atmosférico, están siguiendo el mismo camino.

Ellas también viajan: sonido, cuerpo y territorio

La colombiana Ela Minus, por ejemplo, grabó su debut Acts of Rebellion entre Bogotá y Nueva York, componiendo durante sus desplazamientos en metro o autobús, armando su sintetizador modular como quien monta un altar nómada. La productora británica Kelly Lee Owens se inspira en sus viajes para construir un techno espiritual, donde cada track parece un ritual de paso. Y la islandesa Björk, pionera absoluta, grabó buena parte de Utopia con micrófonos portátiles en espacios abiertos, escuchando cómo la naturaleza intervenía en cada nota.

Más recientemente, Céline Gillain o Cucina Povera han convertido la grabación de campo (el simple hecho de escuchar y registrar el entorno) en una herramienta narrativa: grabar el mar, el tráfico, la respiración, los ecos. Son artistas que no conciben el estudio como encierro, sino como extensión del mundo.

Ellos también escuchan la intemperie

En el terreno masculino, el alemán Christian Löffler compone desde una cabaña junto al mar Báltico, donde los ruidos del bosque entran por la ventana y se cuelan en sus melodías melancólicas. El francés Rone se aisló en un monasterio para grabar Room with a View, un álbum entre la espiritualidad y la tecnología. El británico Jon Hopkins, por su parte, ha mezclado grabaciones de naturaleza con piano y sintetizadores analógicos en Music for Psychedelic Therapy, una obra que literalmente se escucha como una caminata interior.

Todos ellos, junto a Thylacine, comparten algo. La voluntad de devolverle a la electrónica un alma orgánica, imperfecta, llena de accidentes y hallazgos.

Del club al paisaje: una nueva sensibilidad electrónica

Lo que une a esta generación es un desplazamiento no solo físico, sino conceptual. La música electrónica deja de ser un producto urbano para convertirse en una experiencia de conexión y desplazamiento. Ya no se trata de hacer bailar, sino de hacer viajar.

El paisaje se convierte en partitura. Las carreteras, en estructuras rítmicas. Los sonidos del entorno —pájaros, motores, agua, viento— dejan de ser ruido para transformarse en instrumentos. Y el estudio móvil, la caravana o el portátil en un tren se convierten en símbolo de una nueva forma de vivir y de crear: nómada, libre y emocional.

Una electrónica que vuelve a mirar al mundo

En un mundo hiperconectado, la música vuelve a buscar contacto con lo real, con el cuerpo y el territorio. Thylacine lo graba con sus ruedas, Ela Minus con su piel, Hopkins con su respiración. Todos ellos nos recuerdan que la electrónica no nació para desconectarnos del mundo, sino para escucharlo mejor.