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Viaje al desierto interior: Thylacine lanza ‘Roads Vol.3’

By Actualidad, Últimas noticias

El productor francés vuelve a convertir el movimiento en música: un álbum grabado sobre ruedas, entre dunas, insectos y carreteras infinitas.

Desde Namibia hasta Madrid: el sonido nómada de Thylacine recala en la capital el 28 de noviembre, en plena gira europea.

Si algo caracteriza a Thylacine es su capacidad para transformar el viaje en un instrumento. Desde que en 2015 recorriera el Transiberiano con un estudio portátil y publicara su primer álbum —una joya de electrónica ambiental y documental llamada Transsiberian—, William Rezé no ha dejado de moverse. Cada disco suyo parece una bitácora sonora, una carta enviada desde algún lugar remoto. Con ROADS Vol.3, que se publicó este 31 de octubre, el artista francés cambia el hielo por arena: un viaje al desierto de Namibia, grabado íntegramente desde su caravana convertida en estudio, donde el silencio se convierte en ritmo y el polvo en textura.

Electrónica con alma de viaje

El álbum, que completa la trilogía ROADS, suena a electrónica panorámica, ambiental, con acentos tribales y beats precisos. Pero sobre todo suena a desplazamiento. A veces una canción parece una carretera al atardecer; otras, un amanecer grabado entre cigarras y viento. Thylacine no busca el baile, sino la inmersión sensorial, la sensación de estar allí, donde fue grabado.

En sus propias palabras —o mejor dicho, en sus paisajes— hay una invitación a reconectar con el mundo físico a través del sonido. Y en un tiempo en el que la música se produce por Wi-Fi y se consume en segundos, esa es casi una declaración política.

El mapa sonoro como manifiesto

Cada ROADS ha sido un viaje: Islandia, Argentina, el Transiberiano, y ahora África. Pero más que una ruta turística, Thylacine propone una geografía emocional, una búsqueda de identidad a través del desplazamiento. ROADS Vol.3 se siente más maduro, más pausado. Hay percusiones secas, voces lejanas, pianos casi minimalistas y melodías que podrían durar una eternidad. Todo está medido, pero nada parece artificial. Es el tipo de álbum que te hace mirar por la ventana aunque no estés en un tren.

Tras su publicación, Thylacine iniciará una gira europea que lo traerá a Madrid el 28 de noviembre, con parada en la sala Changó, dentro de la presentación oficial del disco. Será una oportunidad de ver cómo se traduce en directo esta nueva etapa: un artista en el escenario, rodeado de sintetizadores, pantallas y sonidos capturados en mitad del desierto. Un directo que bien seguro mezclará contemplación y catarsis, donde el público deja de ser espectador y se convierte en viajero.

ROADS Vol.3 no es solo un álbum, sino una forma de pensar la música: moverse, grabar, observar, componer sin fronteras. En una industria saturada de ruido, Thylacine propone silencio, escucha y paisaje. Quizá por eso su música conecta tanto con una generación que busca viajar incluso cuando no puede hacerlo. Porque, al final, escuchar a Thylacine es eso: coger un tren, un coche, o simplemente cerrar los ojos y dejarse llevar.

One more trip around the sun: el disco que gira hasta encender la noche

By Actualidad, Reseñas

Un latido en espiral que atraviesa el cielo como una bengala paciente.

Publican un álbum con un giro íntimo dentro del rock psicodélico y el indie europeo.

Hay discos que se despliegan como ciudades iluminadas y otros que se abren como cuevas húmedas donde cada eco enciende un recuerdo. ‘One More Trip Around the Sun’ pertenece a esa segunda especie, un álbum que no se presenta, se filtra. Cari Cari levantan aquí un mapa de constelaciones domésticas, un rock psicodélico de bordes suaves que parece escrito desde la cabina de un astronauta insomne que lleva demasiado tiempo mirando su propio planeta dar vueltas.

El concepto no es tanto un hilo narrativo como un campo gravitacional emocional. La sensación de que cada canción es una vuelta más al mismo sol interior, al mismo punto de fuga donde el deseo se mezcla con la duda y el tiempo se estira como goma tibia. Hay un ánimo casi ritual, como si el dúo entendiera el álbum como un pequeño calendario astral para orientarse en el desconcierto contemporáneo.

El sonido como niebla eléctrica: producción y atmósferas

Cari Cari siempre han sabido manejar la belleza del aire en movimiento; aquí lo llevan un paso más allá. Las guitarras se disuelven en niebla eléctrica, los sintetizadores respiran como focos bajo el agua y la percusión funciona como un péndulo que marca la tensión exacta entre lo terrenal y lo sideral. No hay estridencia ni complacencia, cada textura parece colocada con la prudencia de quien monta una lámpara de aceite dentro de un globo aerostático.

El disco destila un indie rock de combustión lenta, con guiños psicodélicos que no buscan el artificio, sino el vértigo calmado de una visión que tarda en aparecer. La producción abraza lo analógico y lo onírico, como si cada capa sonora fuera una fotografía sobreexpuesta que todavía conserva el pulso del instante. En “Nana”, la canción que actúa como eje emocional del álbum, la banda destila su alquimia, un mantra suave que avanza como un tren fantasma lleno de habitaciones iluminadas por una única bombilla.

Heridas que brillan: la narrativa emocional y las letras

Las letras de One More Trip Around the Sun no piden ser entendidas, sino acompañadas. Hablan desde la frontera difusa entre la conciencia y el sueño, desde ese territorio donde todo tiene forma de símbolo húmedo, lunas que no aclaran nada, voces que llaman desde un pasillo sin puertas, el amor como un espejo empañado por dentro. No hay solemnidad, solo una suavidad que corta.

El disco vibra en una melancolía luminosa, un territorio emocional donde el cansancio y la esperanza comparten la misma manta térmica. Las palabras funcionan como fogonazos breves que dejan estelas largas. La banda parece más interesada en el temblor que en el mensaje, en la grieta que deja entrar una brizna de luz.

Un nuevo giro en la órbita de Cari Cari

Dentro de la discografía del dúo, One More Trip Around the Sun se siente como un álbum que ensancha la brújula, no por ruptura, sino por desplazamiento, empujan su universo hacia un lugar más atmosférico, más íntimo, más lunar. No renuncian a su carácter cinematográfico, pero esta vez lo encuadran desde la distancia justa para que la imagen respire y deje espacio a quien la escucha.

En el panorama actual del rock psicodélico y el indie europeo, este disco supone una pequeña anomalía. Evita la épica y también la ironía, dos muletas demasiado habituales. Prefiere la duda, la lentitud, el incendio mínimo. Su manera de existir recuerda a esos filmes que parecen avanzar a contraluz, sin hacer ruido, pero que después se quedan semanas suspendidos en la memoria.

Un globo azul flotando en un cuarto oscuro, con una grieta que deja entrar un hilo de sol. Así suena, así queda: como si el mundo siguiera girando incluso cuando nadie mira.