Afroblue Festival regresa los días 5 y 6 de junio con una programación que reivindica las músicas afroamericanas lejos del piloto automático del circuito festivalero español.
De John Németh a Lehmanns Brothers: guía rápida para descubrir uno de los carteles más interesantes y menos previsibles del año.
Hay algo profundamente previsible en buena parte del ecosistema festivalero español. Cambian las ciudades, rotan los patrocinadores, se ajustan ligeramente las tipografías de los carteles y se reorganizan los horarios, pero la sensación suele ser la misma: estar asistiendo a distintas versiones del mismo festival. Los mismos cabezas de cartel circulando en bucle, las mismas apuestas seguras, la misma lógica de programación diseñada para minimizar riesgos y maximizar familiaridad.
No es necesariamente un problema que existan festivales masivos pensados para congregar grandes públicos. El problema aparece cuando ese modelo termina colonizándolo todo y la experiencia musical empieza a parecer más una franquicia itinerante que una propuesta cultural con personalidad propia. Por eso, resulta especialmente refrescante encontrarse con festivales que todavía parecen programados con criterio antes que con calculadora.
Es el caso de Afroblue Festival, que regresa a Segovia los próximos 5 y 6 de junio con una quinta edición que vuelve a poner el foco en las músicas afroamericanas desde una perspectiva amplia, contemporánea y, sobre todo, poco acomodaticia. En un circuito donde el soul, el blues o el funk suelen quedar relegados a pequeños nichos o convertidos en mera nostalgia de museo, Afroblue insiste en tratarlos como lenguajes vivos, mutantes y todavía capaces de generar conversación. Y eso, hoy, ya es bastante.
El enclave tampoco juega en contra. El Jardín de Los Zuloaga y la Iglesia de San Juan de los Caballeros, a pocos pasos del Acueducto, convierten la experiencia en algo bastante distinto al clásico festival de explanada, cerveza tibia y kilómetros de pulsera. Pero más allá de la postal, lo verdaderamente interesante está en el cartel. Porque Afroblue no intenta competir por volumen. Compite por criterio.
Cinco nombres para salir del piloto automático

Afroblue reunirá en Segovia propuestas de soul, blues, funk y músicas afroamericanas contemporáneas.
El nombre de John Németh probablemente resulte familiar para quienes siguen de cerca el blues contemporáneo estadounidense. Lo suyo no es el blues convertido en souvenir, sino una interpretación musculosa, intensamente emocional y profundamente conectada con la tradición sin sonar fosilizada. Su actuación junto a Sean “Mack” McDonald apunta a uno de esos directos donde el género se reivindica desde la intensidad y no desde la pose. En otro extremo del espectro aparecen Lehmanns Brothers, seguramente una de las propuestas más estimulantes del cartel para quien disfrute del cruce entre jazz-funk, nu-soul, house y groove setentero sin complejos. Lo suyo tiene energía de banda joven con hambre, pero también una sofisticación sonora que conecta con la mejor tradición del funk expansivo europeo. Si alguien necesita una prueba de que el legado afroamericano sigue mutando lejos de la nostalgia, probablemente estén aquí.
Charlie Wood representa otra derivada igualmente atractiva. Su nombre remite directamente a Memphis y a ese territorio donde jazz, R&B y blues se contaminan de forma natural, sin necesidad de etiquetas demasiado rígidas. Hay algo elegante y atemporal en su propuesta, como si recordara que ciertos sonidos nunca desaparecen del todo, solo esperan el contexto adecuado para volver a respirar. La presencia de Yuley Díaz introduce otro matiz especialmente interesante. Su trabajo con el piano cubano, el jazz y la música escénica amplía el mapa habitual del festival y evita caer en una lectura demasiado anglocéntrica de las músicas afrodescendientes. Esa apertura es precisamente una de las virtudes del cartel: entender que la herencia afroamericana no es un género cerrado, sino un ecosistema cultural enorme, híbrido y global.
Y luego está Tiwayo, que representa quizá el puente más claro entre tradición soul y sensibilidad contemporánea europea. Su sonido bebe del soul clásico, sí, pero no desde la reproducción reverencial, sino desde una identidad propia que lo conecta con la nueva generación de artistas que entienden la música negra como territorio de presente. A todo esto se suman nombres como Pajaro Sunrise, The Free Label o Principles of Joy, además de las sesiones vermú con Vega-Olivares y The Shu Shus, que refuerzan esa sensación de cartel construido con intención narrativa y no como simple acumulación de nombres.
Cuando un festival todavía quiere descubrirte música
Lo más interesante de Afroblue quizá no sea solo quién toca, sino lo que representa dentro del ecosistema actual. En un momento donde muchos festivales funcionan como espejos del mismo algoritmo, apostando por artistas emocionalmente amortizados, fórmulas conocidas y experiencias fácilmente reconocibles, propuestas como esta recuerdan algo básico: un festival también puede servir para descubrir música, no solo para reencontrarse con lo ya sabido. Eso implica asumir cierto riesgo. Y precisamente por eso tiene valor.
No todos los eventos necesitan convertirse en ciudades efímeras con decenas de miles de asistentes y carteles inflados hasta la extenuación. A veces basta con una idea clara, una programación coherente y la voluntad de construir una experiencia musical que no parezca intercambiable con otras veinte. Mientras media España sigue mirando los mismos nombres, Segovia propone otra conversación. Y no está nada mal escuchar algo distinto de vez en cuando.
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