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antifascismo en la música

Fermín Muguruza arrasa en el corazón de la bestia

By Actualidad, Conciertos

Madrid respiró a golpe de tambor y trikitixa, una ciudad que no se sienta y que se resiste a olvidar.

El Wizink Center se convirtió en un aquelarre antifascistas donde la música y la rabia se encontraron.

Desde los primeros acordes se sintió la tensión: no era un concierto amable, no era una mera celebración. Era una batalla. El telón levantado por el colectivo madrileño Tremenda Jauría lo dejó claro: punk‑cumbia, rap, reguetón combativo y máscaras de gas como insignias. Más de trece mil almas alzadas ya sabían a qué venían.

El escenario / el campo de batalla

Muguruza no dejó resquicio para la deriva nostálgica. Repasó sus etapas —desde Kortatu, pasando por Negu Gorriak hasta su obra en solitario— con la convicción de quien sabe que la historia sigue viva y que su canto puede alimentar la resistencia. Las proyecciones en pantallas gigantes, las banderas de Palestina, los gritos de “Yalah, Yalah, Ramallah” y la mención al antifascismo en cada estribillo: todo engranaba para convertir el WiZink en un templo de insumisión.

Fermin Muguruza durante su actuación / ©Un Día, Un Disco.

Un público que no escapa

No hubo espectadores, hubo ejecutores. Cada tema se convirtió en acto: levantar el puño, saltar, cantar, solidarizar. El solo de trikitixa de Xabi Solano arrancó aplausos atronadores. El dúo con Karlos Animal (Non Servium) en «Etxerat, Zu atrapatu arte» fue un pacto histórico renovado. Y la frase de Muguruza resonó fuerte: «hay que seguir bailando, porque bailar sea la forma más gozosa de resistencia».

Crítica al sistema desde el centro urbano

Pero también hubo denuncia directa: la vivienda como mercancía, los recortes, la censura, la ultraderecha pisando fuerte. En Madrid, ciudad donde Muguruza ha visto vetos y silencios, esta noche se hizo oír fuerte. Que un recinto con tantas butacas vibre como asamblea es una hazaña. Que esa asamblea hable de política, de memoria colectiva, es un acto de rebeldía. Y Muguruza lo orquestó sin concesiones.

Pantallas gigantes del concierto / ©Un Día, Un Disco.

Cierre con broche combativo

La versión de «Sarri, Sarri», con la aparición de Itziar Ituño, fue más que un momento simbólico: fue un disparo directo al silencio. Cuando el último acorde se extinguió, el público seguía temblando, exhausto, henchido. Como si la música hubiera sido la chispa, y el recinto la pólvora.

Este concierto no fue solo un espectáculo, sino una declaración de guerra cultural y política. En tiempos en que muchos artistas optan por la fórmula neutra o comercial, Muguruza apostó por la espina clavada, por la herida abierta, por la rabia que hace cantar. Y Madrid respondió. El WiZink no fue sólo un escenario: fue un frente. Y el concierto, un grito compartido. Madrid salió del Wizink con los puños alzados, la garganta raspada y el corazón encendido. Porque la música de Fermín Muguruza no pide permiso: exige compromiso.