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Thylacine en directo en la Sala Changó de Madrid durante su concierto de 2025

Thylacine en Sala Changó: cartografías del alma bajo luces estroboscópicas

By Actualidad, Conciertos, Reseñas, Últimas noticias

Un concierto de precisión quirúrgica con escala en Anatolia, regreso al Transiberiano y estancia en Namibia.

Mattia Vlad Morleo en la Sala Changó.

Mattia Vlad Morleo en la Sala Changó / ©Un Día, Un Disco.

El concierto abrió con la actuación del compositor italiano Mattia Vlad Morleo, que presentaba su segundo trabajo, ‘The Quiet Beauty of Familiar Places’, un disco de corteclaramente ambient, íntimo y construido desde la respiración lenta más que desde el impacto inmediato. Fue una apuesta valiente para un warm-up en una sala que aún se estaba llenando, y en la que el público, más pendiente de ubicarse que de escuchar, no siempre ofreció la atención que su propuesta requería. Aun así, Morleo firmó un set de apertura impecable, delicado y preciso, capaz de crear un clima propio incluso en condiciones poco propicias. Su breve concierto funcionó como antesala pausada y elegante antes de la inmersión total.

La sala Changó acogió el esperado regreso a Madrid de Thylacine (William Rezé), uno de los productores europeos que mejor ha sabido unir electrónica, instrumentación orgánica y narrativa de viaje. Lejos del formato DJ-set habitual en los clubes, lo suyo es un concierto en sentido estricto. Construcción, dinámica, interpretación y un guion sonoro tan milimetrado como flexible.

Rezé desplegó un repertorio centrado en Roads Vol. 3, pero con paradas estructurales en su ya clásico Transsiberian (2015), ese álbum nacido en un trayecto real en el ferrocarril ruso y que le situó en la primera línea de la electrónica paisajista. En frente de él, un pianista que no actuó como mero acompañante, sino como segundo protagonista, capaz de aportar color, armonía y contrapuntos que reforzaron la dimensión escénica del directo.

“Anatolia” y el bağlama que cuenta una historia

Uno de los pasajes más significativos de la noche llegó con la interpretación de ‘Anatolia‘, pieza incluida en el álbum ‘9 pieces‘. Thylacine aprovechó para explicar la procedencia del instrumento turco que tenía en las manos, un saz (o bağlama), aprendido gracias a la familia de su ex pareja, cuyo padre era maestro y profesor del instrumento. El dato no fue accesorio, la historia añadió profundidad a una obra que siempre se ha alimentado de viajes, pero no de turismo musical. Al tocar el saz, Rezé mostró un conocimiento respetuoso del instrumento. Fraseos claros, afinación cuidada y un uso prudente del efecto electrónico. La fusión entre la cuerda oriental y el beat produjo uno de los momentos de mayor disfrute y concentración en la sala.

Del frío del Transiberiano al pulso cálido de “Roads vol 3”

Thylacine y su pianista en un momento del concierto combinando electrónica, saxos y armonías en directo

Thylacine en su concierto de Madrid / ©Un Día, Un Disco.

Lejos de limitarse a su trabajo más reciente, Thylacine abrió espacio para releer “Transsiberian” con una madurez nueva. Temas como “Poly” o “Train” se reconocían por el patrón rítmico y por los pads dilatados que evocan ese viaje ferroviario que marcó su trayectoria. La revisión en directo fue más robusta, más física y menos contemplativa que en la grabación original.

El bloque de Roads Vol. 3 confirmó la evolución del productor hacia una electrónica más cálida, más detallista y menos dependiente del crescendo. Aquí la presencia del pianista resultó decisiva, cada ataque del teclado reforzaba la arquitectura armónica, aportando un matiz casi camerístico en ciertos pasajes.

Rezé supo alternar durante el concierto entre saxo tenor y barítono con solvencia. Con ese protagonismo en el sonido y en la ejecución, integró ambos instrumentos con una claridad casi académica, ataques muy controlados y timbres limpios que evitaba saturar las capas electrónicas. El barítono sirvió para las líneas más melódicas y graves. Mientras que el tenor ofreció esos pasajes de mayor densidad.

El uso del saxo durante el directo demostró una intención clara, recordar que la música de Thylacine es electrónica, sí, pero no deshumanizada. Cada entrada de viento reforzaba el contraste entre lo digital y lo orgánico, uno de los pilares de su lenguaje sonoro.

Un concierto de oficio y consistencia

En lo estrictamente técnico, el directo fue impecable. Sonido equilibrado, especialmente meritorio para una sala con acostumbrada a graves potentes. Ejecución precisa y estructura narrativa bien definida: apertura ambiental, bloque central rítmico, episodio acústico, repaso a su discografía y cierre ascendente sin recurrir al efectismo. El público respondió, más cerca de la escucha activa que del baile compulsivo. Thylacine ofreció exactamente lo que prometía su trayectoria, un concierto sin artificios, basado en el cuidado por el detalle y en un concepto de la electrónica como espacio de relato, no solo de pulsión.

Ayer se confirmó en Madrid lo que ya intuíamos, que su obra se sostiene más allá del estudio, que el viaje sigue siendo su materia prima y que la combinación de electrónica, instrumentación acústica y narrativa personal puede seguir evolucionando sin perder rigor. Un concierto sólido, honesto y bien construido. Un claro ejemplo de cómo la electrónica en directo puede aspirar a algo más que al estímulo inmediato.

El trip hop en ebullición de Chinese Man

By Actualidad, Conciertos, Reseñas

Madrid se transformó en un lienzo de luces, ritmos y samplers que conectan pasado y futuro.

La Riviera se llenó de scratches, bajos profundos y una multitud que bailó sin descanso al ritmo de french touch y trip hop.

Anoche Chinese Man propuso un laboratorio de ritmos, un puente entre Marsella y Madrid, un espacio donde el trip hop, el electro y el hip hop se fusionaron para crear un pulso contagioso. La banda caló como un colectivo con identidad propia, cargado de samplers, scratches y grooves que parecían hablar directamente al corazón del público.

La sala estaba llena, pero no saturada. Suficiente espacio para que los cuerpos sintieran el bajo retumbando en el pecho. Desde el primer tema, los beats se deslizaron como agua sobre la piel, y el público respondió con saltos, movimientos de hombros y brazos levantados como varas que medían el ritmo. Cada transición entre tracks fue una sorpresa; cada scratch, un guiño a la destreza de quienes dominan el vinilo como si fuera magia.

No necesitaron artificios: las proyecciones visuales —collages urbanos, luces psicodélicas, vídeos que parecen películas cortas— hicieron el trabajo de transportar a otra dimensión. Pero fueron ellos quienes tomaron el mando: scratches precisos, percusiones que golpearon como martillos y bajos profundos que hicieron vibrar las tripas. Los temas clásicos se mezclaron con los más recientes, mostrando cómo un colectivo puede evolucionar sin perder su esencia.

El pulso de la ciudad

Cada tema fue un diálogo: lanzaban un ritmo y el público respondía con movimiento, aplausos o gritos. Fue la comunión perfecta entre artista y espectador, un recordatorio de que la música electrónica también puede ser orgánica, humana, compartida. Las luces estroboscópicas y los cambios de tempo funcionaron como latidos de un corazón colectivo.

Entre beat y beat, se percibió Madrid en la noche: la ciudad que nunca se detiene, que busca sonidos nuevos, que se deja seducir por texturas urbanas y viajes musicales sin fronteras. Chinese Man no vino a rellenar un hueco; vino a provocar una experiencia sensorial que perdura incluso después de que se apagan las luces.