Cuando el riesgo dejó de tener forma y se volvió sombra
A estas alturas, nadie espera de Radiohead una canción “normal”. Pero en 2011, con The King of Limbs, la banda fue un paso más allá: se deshizo de la forma, del relato, del clímax… y entregó un disco que parecía querer evaporarse.
Con ocho canciones breves, sin apenas guitarras, sin grandes estribillos ni épica emocional, el álbum fue recibido con desconcierto. Algunos hablaron de obra menor. Otros de experimento radical. La pregunta flotaba en el aire: ¿esto es todo lo que tenían que decir después de In Rainbows?
La danza del fantasma digital
Pero si uno se adentra, con calma, descubre que The King of Limbs es una suerte de bosque electrónico, lleno de vida microscópica. En Bloom o Feral no hay melodías claras, pero hay texturas, capas, pulsos tribales. Es un disco que se mueve como la raíz de un árbol: sin hacer ruido, pero excavando profundo.
Y entonces llega Codex, esa balada minimalista, y el corazón se encoge. Y Give Up the Ghost, y parece que Thom Yorke se rinde por fin ante la belleza.
¿Fracaso o profecía?
Con el tiempo, The King of Limbs ha sido revalorado por su radicalidad silenciosa. No fue un paso atrás, sino un paso lateral hacia lo invisible. Una obra que no grita, pero se queda.
¿Fue decepcionante? Puede. ¿Fue necesario? También. Porque incluso cuando Radiohead parece fallar, nos obligan a escuchar de otra manera.




