De la Lousiana profunda al corazón de Chamberí.

Entre canción y canción, Finley predicó con humor y sabiduría de carretera.

Ayer por la noche el éter de Madrid se impregnó de un blues cargado de historia: la presencia de Robert Finley (y su inseparable hija/corista) sacudió la sala Mon hasta su aforo total, sin teloneros, sin pausas incómodas. Un concierto sold out, puro. Desde el momento en que Finley y su gran voz se alzaron sobre el escenario, quedó claro que aquello no era un recital al uso sino una auténtica delicia para las personas que asistieron. Con su último álbum, ‘Hallelujah! Don’t Let The Devil Fool Ya’ ya en las calles, el viaje desde la Louisiana del sur hasta la madrileña Calle Hilarión Eslava se sentía inevitable.

Lo especial de la noche: Finley no vino solo. Su hija, que participa como corista en su último álbum, se subió al escenario para tejer un diálogo de voces y miradas con su padre. Esa complicidad agregó una dimensión íntima al sudor del blues, y permitió que el público asistiera no solo al show de un veterano, sino al encuentro de dos generaciones que comparten el mismo pulso musical.

El repertorio, sin interrupciones de teloneros que atenazaran la espera, fluía con fuerza. Finley abría con piezas cargadas de ritmo, se detenía para comentar – «esta me salió después de una larga noche en la carretera», «ahora vamos a hacer algo que viene directo del corazón» –, y pasaba al siguiente tema como quien vuelve a encender una llama que nunca se apagó. Esa naturalidad en el discurso hizo que el recital pareciera completamente improvisado.

Robert Finley en el concierto de Sala Mon / ©Un Día, Un Disco.

Madrid dijo amén

El tono del concierto navegó entre lo espiritual y lo visceral. Hubo momentos en los que la guitarra parecía rozar el blues más crudo, otros en que la voz de Finley evocaba el gospel de su crianza, y todos en que el público asistía callado, hipnotizado, a esa alquimia. La hija-corista, con su presencia sutil pero firme, reforzó ese puente entre lo terrenal y lo trascendente.

El escenario de la sala Mon, relativamente pequeño para el poderío de Finley, favoreció el contacto directo. Los aplausos reventaban en el momento justo. Los silencios, entre canción y canción, no se sentían como espera sino como calma antes de que volviese a caer el martillo del soul. Y cuando Finley habló de «déjate de hablar con el diablo, que el blues no espera», quedó claro que la narrativa del nuevo disco se trasladaba al directo: la redención, la gratitud, la memoria.

Al final, tras la última canción, con ese carácter de una súplica y una celebración al mismo tiempo, la ovación tuvo algo de himno. No era simplemente aplauso, era reconocimiento. Reconocimiento a la música que no se rinde, a la voz que conoció muchas noches de carretera antes de este momento, al vínculo padre-hija que amplifica el sonido.

Quedó para el recuerdo una sala llena hasta la bandera, un viejo bluesman que ya no es viejo, su hija al lado, un álbum nuevo que empuja la rueda, y un Madrid que se dejó tocar por el sudor, el alma y el ritmo.

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